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martes, 19 de enero de 2016

El último beso

Escena nº 31 - Taller de Literautas Enero 2016

Estábamos todos reunidos frente a la choza del chamán. El viejo no había salido en todo el día, pues por la mañana le llegaron los rumores. A pesar de su obstinación, lo que temía terminó sucediendo: el sacerdote, con el que no tenían precisamente la más idílica de las relaciones, acudió a su puerta. Preguntó a los ancestros y se vio obligado a dejarle pasar.
Se escuchaba el murmullo de sus voces, que iba de un ronroneo relajado hasta aullantes quejidos pasando por el llanto, aunque nadie pudo aclarar de qué hablaban tanto rato. Los que estaban en la fila de delante traducían lo que les parecía que interpretaban, a saber, que el chamán insistía en preguntar algo a los ancestros, y por la tarde hacía ya rato que no obtenía respuesta. Como consecuencia, el chamán lloraba y el sacerdote debía de estar tirándose de los pocos pelos que le quedaban.
Al atardecer llegó un viejo, que había estado todo el día en el campo con los ñus, y como quién no quiere la cosa se colocó cerca del lado donde yo estaba y preguntó en voz alta si ya habían tomado una decisión. Todos nos sorprendimos y alguien le preguntó si él sabía lo que estaba pasando y cómo era eso posible.
El viejo rió, enseñando exultante sus encías rosadas. Entonces se formó un corrillo a su alrededor y contó que su nieta, Maliki, había acudido al sacerdote pues ya no quería estar casada con su esposo Tumbuku. El sacerdote nunca se había encontrado ante una situación así, sencillamente porque a nadie se le había ocurrido separarse antes.
Así que lo que hacía reunido con el chamán era dilucidar cómo proceder, si debía prohibir las separaciones, pues sabía que aquello traería cola, o autorizarlas y en ese caso establecer la forma de decretar anulado el matrimonio.
Todos miraron recelosos a sus cónyuges, seguramente muchos estaban asustados por si a su respectivo o respectiva se le ocurría separarse. Algunos posiblemente lo deseaban en secreto desde hacía tiempo, incluida mi propia esposa, que no abrió la boca para expresar su opinión y eso significaba que su cerebro bullía.
Todos los ojos buscaban entre el gentío, hasta que encontraron a los objetos de su búsqueda, es decir, a Maliki y a Tumbuku,que se miraron avergonzados.
Finalmente, cuando ya empezaba a refrescar de lo lindo, salió el sacerdote. El chamán le siguió pero se quedó en la puerta de la choza sin hacer nada. Habían llegado a una conclusión que por lo visto había hecho volver a hablar a los ancestros para dar su bendición. La separación sería permitida en este caso y en adelante si las dos partes así lo deseaban, cada una con condiciones especiales según sus circunstancias particulares.
En el caso de Maliki y Tumbuku no habría mayores consecuencias, ya que no tenían hijos ni bienes comunes. Maliki volvería a la casa de sus padres y en el futuro los cónyuges podrían volver a casarse con otras personas.
Entonces el sacerdote hizo comparecer a la pareja ante él y les dijo que debían declarar públicamente su deseo de deshacer la unión que habían tenido y besarse por última vez ante todos para confirmar la separación. Maliki feliz y Tumbuku lloroso así lo hicieron. El chico corrió a refugiarse en brazos de su oronda madre y Maliki sonrió sin ningún reparo a la concurrencia, posiblemente sin descartar que alguno de los presentes fuese su futuro marido, tal vez más de uno.
La tribu se abalanzó sobre el sacerdote, que abrumado por las preguntas miró suplicante hacia donde suponía que estaba el chamán, en vano, pues éste había desaparecido en el interior de su casa, muy posiblemente sin necesidad de que los espíritus le advirtiesen de la tormenta que se avecinaba.
El sacerdote gritó para hacerse oír sobre el vocerío y nos dijo que nos marchásemos a dormir, que la ronda de preguntas y el funcionamiento de aquel nuevo sistema descubierto se iría puliendo poco a poco, y que nadie se iba a morir por seguir casado un poco más. Aunque entonces no sospechaba lo que le iba a suceder al pobre Mumbala, mi mejor amigo y vecino, aunque esa es otra historia.

sábado, 16 de enero de 2016

Leyenda quizás un poco volslunga

Había una princesa tan espantosa que ningún príncipe quería casarse con ella, por muchas tierras y espléndidas riquezas que ésta poseyese. La princesa, que se llamaba Brunjld, se dormía llorando todas las noches por no poder hacer feliz a su viejo padre dándole descendencia, tal como ya habían hecho dos de sus hermanas.

Un día llegó el príncipe Hrjstrgr que era, según se decía, el hombre más bondadoso y justo de su época, no había en toda la tierra conocida un hombre con una moral más íntegra. Exigió conocer a la criatura cuyo aspecto horrorizaba incluso al hombre más templado, pues afirmaba tener la solución a la desdicha de la dama. Cuando su petición fue aceptada y tuvo delante a la sorprendida pero esperanzada Brunjld, hizo una reverencia y le cortó la cabeza.

Clavó la cabeza de la fallecida princesa Brunjld en una lanza y ordenó que fuese exhibida en todos los reinos, para que ellos también aprendiesen a evitar en el futuro el sufrimiento de todas las doncellas feas.

Después, Hrjstrgr no descansó hasta encontrar a la princesa más hermosa, y un día dio con Grtsr, cuya belleza era legendaria. Aunque Grtsr no contaba con demasiadas riquezas, pues era de un reino venido a menos, al príncipe no le importó porque se había quedado con las posesiones de la princesa muerta. Las entregó a Grtsr como dote y se casó con ella.

Hrjstrgr y Grtsr tuvieron siete hijos, dos de los cuales fueron decapitados debido a su evidente fealdad. Se convirtieron en reyes y fueron muy felices.

Poesía moderna

Tus pantalones son de color caca.
El color caca me recuerda a ti.
La textura de la caca me recuerda a la consistencia de tus besos.
Cuando hago caca, pienso en ti.
Cuando pienso en ti, me cago.
A veces tomo laxantes para poder pensar más en ti.
Sé que vendrá alguien mejor, pero echaré de menos la parte de la caca.
El color de tus ojos también me recuerda a la caca, o la caca me recuerda al color de tus ojos, ya no lo sé.
Solo sé que caca.

jueves, 14 de enero de 2016

Blog Esponja

A finales de 2015 era pobre pero feliz, bueno casi, porque ya sabemos que la felicidad completa no se puede tener, no lo digo yo, lo dicen todos los libros de autoayuda porque hay que consolarse con algo. En fin, que a finales de 2015 había encontrado el amor, mi vida tenía sentido, ¿tenía sentido porque había encontrado el amor? No importaba, sabía lo que quería hacer en la vida, iba a escribir más que nunca, a encontrar la paz interior, a hacer el bien, a crecer como persona y a compartir mis bondadosas experiencias con mis queridos lectores por si pudiesen ayudarles con sus propias existencias, incluidos los imaginarios, a los que no por ello dejo de apreciar. Me sentía zen y notaba como los delicados engranajes del universo se movían perfectamente sincronizados al ritmo de mi infinita paz interior.
Pero el camino hacia el crecimiento personal es largo, tortuoso y muy, pero que muy delicado, sobre todo cuando te cruzas con gilipollas. Si yo hubiese tenido la responsabilidad de ser Ghandi el mundo no habría tenido ninguna esperanza, además la privación de comida me pone de mal humor.
En fin, que terminó el año y mi historia de amor exprés se fue con él. Algún día, si no me llaman antes los de Sálvame para la exclusiva, le dedicaré un post. Mis ganas de crecer interiormente también se fueron, aunque gracias a los ágapes navideños sí que crecí, pero más bien hacia fuera, así que lo dejaré en standby hasta que mi interior y exterior se equilibren.
Pero ahora tengo más tiempo libre para disfrutar de mi soledad iluminadora y a lo mejor, un día algún editor honrado me leerá y me encumbrará al olimpo de las letras.